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miércoles, 23 de agosto de 2017

Recuerdos y pareceres

Después de visitar muchos comedores en tantos países y ciudades buscando la emoción de un descubrimiento, el plato perfecto, el sabor desconocido, una composición bella, un vino sorprendente, la atención que recordar, la decoración impactante o las ganas de volver una y otra vez puede que esté empezando a entender de qué va esto de la gastronomía; o por lo menos de saber lo que me gusta y lo que no.

Lo primero que hay que decir es una obviedad: se trata de una actividad sensorial en la que intervienen todos los sentidos; además es personal, por lo que está también dominada por las percepciones y emociones. A esto ya le han puesto nombre: gastrofísica. Después de decir algo tan profundo, lo voy a traducir: hay que comer y beber bien, en un entorno agradable, con buena compañía y en un estado de cierta gracia. Esto es lo que explica que haya sitios que no te acaban de gustar sin saber muy bien por qué y otros que te encanten por la misma razón. Bueno, si nos ponemos muy reflexivos daremos cuenta y razón de tal o cual elaboración, de esa añada tan estupenda o de que todo funcionaba como si la orquesta la dirigiera el mismísimo Bach pero, háganme caso, esto va de gustos y de días. Aquí comienzan unos cuantos recuerdos desordenados.

Empiezo por una comida hace un par de décadas en aquel Echaurren de Marisa que celebramos en un ambiente relajado de trabajo y una sala poco llena en aquel día entre semana. ¿El menú? El que iban sacando los que saben de esto y el vino el que gustaba al invitado en aquella época de cosechas históricas.


De mi primera vez en La Vinoteca de Santander recuerdo la novedad, la sencilla originalidad, el atento servicio y el detalle de los vinos, un neozelandés y un jerez de contrabando. Un estado de sorpresa y emoción, como de haber encontrado a un alma gemela.



En Central el primer recuerdo es lo exclusivo de su cocina y del lugar, de la ignorancia de lo que comes y lo que ves, la sensación de que estás viviendo un privilegio, como si no te lo merecieras. Una ignorancia insatisfecha a la que no te importaría dedicar una parte de tu vida a vencerla.



A Barra hace que recuerdes el equilibrio entre el exuberante lujo contenido de su decoración una cocina de producto, entender la gastronomía como experiencia y espectáculo serio y una atención moderna y profesional. El paseo por sus espacios mostraba un orgullo sano que se deseaba compartir.



En Sacha se está como en casa de unos tíos adinerados que te invitan a comer, aunque pagues tú. Producto impecable, servicio de los de antes y por siempre y la certeza de que no va a fallar. Y si ya cenas en la terraza-jardín, un planazo que no se olvida


En el apartado de comedor con vistas y miradas al plato, el Real Club Astur de Regatas. Burguesía y honestidad por los cuatro costados y uno de ellos da a la playa de San Lorenzo. El recuerdo de aquellos comedores de producto insultante y elaboración humilde para no desmerecer el madrugón en el mercado.



D´Stage recuerda a El Club Allard, pero en futuro y diversión. Retiene la emoción de esa primera entrada a un lugar casi clandestino y sus cajas de sorpresas. Cambiar varias veces de espacio, de comida y de bebida y divertirse en compañía debería estar penado. Asombro, genio y creatividad.



Bibo deslumbra con el espectáculo visual de su decoración, con su versatilidad y adaptación al cliente que vaya entrando, con una cocina que se pueden permitir porque sabemos que saben. Para aquellos que creían que lo divertido se acabó con la España de los Austrias.


Esas barras españolas son lo más representativo de nuestra gastronomía y el escaparate de la trastienda de muchos restaurantes. Pocas como Piripi. Abruma el abigarramiento ordenado y excesivo de productos impecables e hipnotiza la coreografía de los camareros; un muestrario perfecto de lo mejor de nuestros mares y campos.


La cocina de autor. Me refiero ahora a esos restaurantes personales, o sea hechos por una persona para un comensal que es un simple testigo de la originalidad o de lo que surja ese día. Ninguno como One One. Aparente excentricidad y saber hacer en la cocina y en la sala.

La gran cocina, la que se lo debe todo al resto de cocinas y las hace ser mejores. De nuevo Echaurren, esta vez en El Portal de Francis Paniego. Compromiso, entender las generaciones pasadas entre fogones y que lo único importante es el comensal. Calidad, cariño y emoción y un relato que lo cuente todo.


Y esos chiringuitos de nuestros recuerdos y nuestros horrores.  Encontramos lo mejor y lo peor de nosotros mismos desde la picaresca hasta la nobleza. En fin. El Restaurante Azul Playa en la de San Juan destaca por sus arroces avalados por una clientela fiel y por una cuenta con algo de epidural, lo que no suele ser normal en este sector.


Lúa mereció una crítica agria por no cubrir las expectativas y su redención unos años más tarde. Más madurez, mejor local, más atrevimiento y aprendizaje. La cocina es inconformismo; incluso para los que se consideren ya grandes.



Los recuerdos se distorsionan por la memoria; ni siquiera escribirlos garantiza su correcta vivencia. Todo es perecedero; aunque menos que una buena digestión.

jueves, 19 de agosto de 2010

ONE ONE SON DOS

Hablar en este blog de restaurantes en Alicante es hablar de One One en la muy céntrica Calle Valdés, 9. Es de los pocos restaurantes que frecuento con cierta asiduidad y ello no tiene que ver con su disparatada decoración llena de souvenirs y fotografías de Bartolomé Ramírez, ni por su mobiliario, propio de una terraza de chalé pasada de moda, ni por su amplitud, de lo que es muestra una mesa que se encaja en un rincón que linda con una cortina de cuentas setentera que da paso a los servicios, ni por su ubicación en la ciudad, ni por su detallada carta y completa bodega. Lo que me lleva allí es comer.

La primer vez que fui tuve que buscarlo entre la maraña de calles en las que se encuentra, superar la sorpresa de una fachada franqueada por una puerta de madera de dos hojas de colmado antiguo -en otra visita supe que su hoja derecha se abrió para nosotros y nuestro carrito de bebé después de diez años- y acceder a un local que se asemejaba más a almacén de recuerdos y sala de visitas que a una casa de comidas, que es lo que es. Una comida que se canta por Bartolomé y que ofrece media docena de primeros platos y poco más de segundos. Productos limpios, frescos y de temporada de una calidad imposible de encontrar en las llamadas zonas gourmet de nuestros anodinos, caros y fríos supermercados. Alcachofas, ensaladas de hojas fragantes y frescas realzadas por aliños equilibrados, carnes tersas y consistentes, pescados al punto, raciones suficientes, elaboraciones clásicas olvidadas o simplemente desconocidas por muchos cocineros. Una oferta de vinos que sale de los labios de nuestro anfitrión pero que siempre tienen un punto alto de calidad, como el último Cuatro Rayas verdejo que se vende en bodega a 5,75 euros.

Allí he comido el mejor carré de cordero de mi vida y he tomado una ensalada de bogavante perfecta. Las alcachofas con foie son un hallazgo y el revuelto de hongos se prepara como si no se supiese hacer otra cosa en la vida. El magret de pato, rosado y perfecto. El helado de pistacho es crujiente, de una densidad firme y de una textura untuosa; el de brevas mantiene la frescura de este fruto tan delicado. Todo ello salpicado por la conversación de Bartolomé que salta de mesa en mesa en varios idiomas que atiende el solo con rapidez y atención. A veces se echa en falta que no hubiese nadie más en el comedor para que nos cuente sus viajes y lo mucho que sabe de cocina.

La clientela es fija, variada, europea que recala periódicamente para pedir el mismo menú y encontrarse con lo familiar y lo seguro; probablemente después de engañar los sentidos con tanta fruslería cara que venden por ahí.

El precio, un misterio, como el pasado del dueño. Una nota señala escuetamente, casi invariablemente, alrededor de 75 euros para dos personas. Cena con Marta, copa en la terraza del cercano Hotel Amerigo con la piscina cubierta a la espalda, a la izquierda la cúpula de la concatedral de San Nicolás de puntillas sobre los tejados y el castillo de Santa Bárbara iluminado en las alturas. Planazo.